14 de noviembre · 0 comentarios
Hola, soy Júlia Fuentes, tengo 15 años y vengo de Barcelona. Ahora mismo estoy viviendo en Limerick, Irlanda, como estudiante de intercambio durante el curso de TY, que en España equivaldría a 4º de ESO.
Esta aventura me está enseñando mucho más de lo que imaginaba: sobre mí, sobre mi familia, y sobre todo aquello que antes no valoraba tanto.
Viajar lejos de casa siendo tan joven es una experiencia que cambia la forma en que ves el mundo y, sobre todo, la forma en que te ves a ti mismo.

A veces uno tiene que irse lejos para entender de verdad lo que deja atrás. Al salir del país con tan solo 15 años, aprendí a valorar lo que antes daba por hecho: una simple comida casera, unas risas en familia, un abrazo sin prisa.
En la distancia comprendí cuánto sacrificaron mis padres por verme feliz y por verme cumplir mis sueños, cuánto esfuerzo silencioso hubo detrás de cada oportunidad que tengo. Hoy, cada pequeño momento cobra un valor inmenso, y cada recuerdo me recuerda lo afortunada que soy de tener un hogar que me enseñó a amar incluso cuando estoy muy lejos.

Una cosa sí hay que tener clara: no todo van a ser momentos de luz radiante. También vas a tener días de solo sombra. Días en los que el idioma se te traba en la lengua, en los que extrañas hasta los silencios de tu casa, en los que te preguntas si de verdad valía la pena tanto cambio.
En los intercambios no todo son días buenos: a veces te sientes fuera de lugar, otras simplemente cansado de intentar encajar en un mundo que no es el tuyo, o de tener que estar constantemente traduciendo todo en tu cabeza. Son días en los que el cansancio pesa, en los que la nostalgia se sienta contigo en la mesa y te acompaña en silencio.

Pero incluso en medio de esos días grises, siempre hay una pequeña escapatoria. A veces llega en forma de risa compartida, de una conversación que empieza sin esperarlo o de una mirada que te hace sentir comprendido. Otras veces, llega en forma de amistad: una de esas que nacen sin que te des cuenta, con personas con las que nunca habías compartido nada y que, de pronto, se vuelven esenciales. Esas amistades que te hacen pensar: “¿Cómo he podido estar tanto tiempo sin esta persona?”. Gente que transforma una experiencia en algo único e irrepetible, que convierte lo cotidiano en recuerdo, y lo difícil, en aprendizaje.

Porque si algo te asegura una experiencia así, es que vas a conocer a personas maravillosas. Gente que te enseña a mirar la vida desde otros ojos, que te acompaña sin necesidad de palabras, que se vuelve familia cuando la tuya está a kilómetros de distancia. Ellos te enseñan que el hogar no siempre es un lugar, sino un sentimiento; que puede caber en una conversación, en una carcajada o en un simple gesto de cariño.

Y ahí entiendes que, aunque no todo brille, incluso en la incertidumbre hay belleza. Que crecer también es aprender a sostenerte en lo desconocido, a abrazar lo nuevo sin olvidar de dónde vienes. Porque cada paso lejos de casa, por más incierto que parezca, te acerca un poco más a ti mismo.
– Júlia Fuentes.