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Un viaje de recuerdos en el pasado a Bath

28 de julio · 0 comentarios

En los días sombríos y nublados que he morado en la antigua y enigmática ciudad de Bath, esa joya velada por la bruma del tiempo, no puedo sino confesar que mi alma ha sido marcada con una experiencia tan profunda e inolvidable. La melancólica armonía de sus severas estructuras neoclásicas y georgianas, fundadas como epitafios de una era ya extinguida, inundó mis sentidos, transportándome a épocas atrás, donde los suspiros del pasado aún resuenan en el mármol y la piedra.

Mas Bath no se limita solo a su cuerpo de piedra; entre sus largos días de lecciones y actividades, se manifiestan, entre miradas curiosas y acentos diversos, vínculos insospechados con personas venidas de los más distantes rincones del planeta, rostros al principio ajenos que luego se tornaron en el eco de compañeros con afectos sinceros, conectados para compartir una página común en nuestras vidas.

Y en cuanto a la lengua inglesa, propósito que me condujo a estas tierras, no se vio como una carga. Casi sin forzar su aprendizaje, ya que la práctica inevitable al tratar de expresarse, sin notarlo, obtuve un amplio vocabulario que antes me era más difícil aplicar, y que ahora sale de mis labios con ágil confianza, como si el idioma mismo hubiese tomado morada en mi mente.

Así fue Bath para mí: no solo un viaje académico, sino un umbral entre lo conocido y lo onírico, entre el presente tangible y la nostalgia de un tiempo que, quizás, nunca existió sino en mis propias evocaciones.

Y cuando el día llegue en que deba abandonar sus calles de piedra dorada y sus tardes impregnadas de luz tenue, sé que no partiré del todo. Algo de mí quedará allí, a lo mejor una sombra, un recuerdo, un suspiro quizás, así como algo de Bath ha formado parte de mí.

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